viernes, 5 de agosto de 2016

Zácari: la furia del Eros. CAPÍTULO 1 ¡EXCLUSIVO!


Capítulo 1
Esposas


– Siéntate.

Liuva acató la orden posando su trasero en la silla de madera que tenía en frente de una gran cama con sábanas blancas. Cruzó las piernas. Para destacar más en el espacio, sus largas extremidades bajas estaban embadurnadas por unas medias negras sofisticadas, que había comprado con su última quincena, en una tienda de la ciudad.
Quien le dio la orden, era un hombre que había pagado por sus servicios. En un Motel cualquiera, él entró en el habitáculo encontrándose a una exuberante mujer de espaldas, falda corta negra pegada al cuerpo, camisa blanca de ejecutiva y medias pantis totalmente oscuras. Como sus pensamientos.

– Abre la boca.

El susodicho metió dos dedos en la boca de Liuva y las pasó por los dientes y sus dos carrillos. Moviendo la cabeza de la dama; estudiándola. Satisfecho con lo que sea que buscaba encontrar, procedió a desnudarse.
Liuva contempló el cuerpo del Amo de turno quitarse la ropa.
Poseía algunos kilos de más, pero era de cara atractiva. El tipo cargaba una cadena de plata alrededor del cuello, un arete muy pequeño, el pelo cortado al ras y buena altura. Se veía fuerte. Punto a favor.
Aquel hombre había llegado con buenas expectativas de la mujer a la que contrató. Y la confirmación creció en gusto, al verle el rostro angelical, con un maquillaje tenue y a la vez atrayente; aquello lo empalmó como la cola de un elefante erguida, agradeciendo por estar vivo.
Sacó de un maletín con las siglas de un equipo de fútbol italiano, unas esposas y un rolo de policía. Dichos objetos debieron causar una alerta en Liuva, pero provocando todo lo contrario, la mujer siguió impasible en la posición primaria, persiguiendo con sus retinas al empleador.
El hombre de ojos casi negros, se acercó a ella y después de levantarla, la llevó hasta el baño, el cual estaba presidido por dos puertas corredizas, y cerró las esposas alrededor de sus muñecas uniéndolas a la barra toallera.
Liuva se vio sumergida en un acto tan cliché que sus ojos en blanco dentro de su mente, apuntaron una nota propia:
< Pretende satisfacer y acabarás bien >.
El tipo se alejó en busca de su rolo. El cual usaba poco en su profesión pero mucho en la intimidad. Puso a Liuva en cuclillas con los brazos alzados sobre su cabeza, pegados a la pared. Poco a poco, fue agarrando cada pierna para quitarle los zapatos y las medias. Las pantaletas y luego el sostén. Con palabras al grano, ella obedeció sin reparos con sus ojos entrecerrados, sin parecer aburrida o ponerse en plan muñeca. Era toda una mujer y el lugar parecía limpio. No había quejas internas.
El hombre recorrió las costillas de la dama con el rolo. Lo pasó por los labios y movió su cabello con él, como si de una mano se tratase.
Luego dio golpecitos en sus tetas mientras se tocaba su miembro con la mano libre. Comenzando con los movimientos de esa misma mano, más rápido, lamió la punta del rolo y lo puso en los labios vaginales de Liuva.
El aparato intentaba entrar pero para que sucediera, ella debía estirar un poco las piernas de algún modo.

– No te levantes. Me empiezas a irritar con tu cara falsa. Acaso, ¿esto no te excita? – preguntó el dominante separando las rodillas de Liuva con la gruesa vara.

Ella sonrió un poco. Por un momento, metiéndose en el papel, imaginó el grueso mástil introducido en ella y logró mojarse un tanto... poco. Por lo menos, la segregación ayudaría a que entrara fácil. < El dolor es placer >. De inmediato las palabras de un personaje a quién no quería traer a colación, se metió en medio de ellos dos.
El rolo fue introducido levemente por unas manos gruesas, que ambas se turnaban para abrirle sus labios más privados mientras, unos gemidos comenzaban a tomar vida.

– ¡Eso es! No creo que sea tan grueso para ti– aseguraba el empleador.

Liuva cerró los ojos al sentir como el material se introducía cada vez más dentro de ella y provocaba un dolor placentero alrededor de las piernas y el vientre. Con rapidez, él inició un vaivén constante hacia delante y hacia atrás. Empuñaba el rolo adentro y afuera, adentro y afuera sin detenerse. Algunas palabras salían de su boca y se mezclaban con los altos gemidos de la sumisa, quien hacía tintinear las esposas en el toallero.
El sudor salió en escena, mientras Liuva comenzaba a sentir más fuertes los embistes. Las venas del cuello masculino se explotarían en cualquier momento, cuando notó un tatuaje muy pequeño de un dominó y dos anillos entrelazados. ¿Había visto antes el dichoso tatuaje?
Pero de inmediato, el recordar se hizo imposible por unas manos de macho intentando que las esposas no sonaran, sin dejar de follársela con su arma.
Gemidos más fuertes, y el orgasmo se fue fabricando.

– Acaba, maldita. De una vez; estoy esperando– exigía de forma entrecortada el varón, sin detener las estocadas duras en el centro del placer.

A Liuva no le gustó aquel insulto. Un Amo no insulta a su sumisa. ¡Nunca! < Este hombre no es Amo >, pensó.
El orgasmo se ralentizó; aquel supo que la mujer se había desconcentrado. Palpó su clítoris con la mano que intentaba detener el tintineo para acelerar el proceso.

– Mira cómo te mojas toda. Eres tan puta y tan rica.

Fingir. Eso era lo que debía hacer para que la dejara de insultar.
Ella sabía que algunos hombres suelen calentar la cabeza y el léxico en un momento de gloria. Pero él no estaba esperando acabar. Era un espectador del tan ansiado flujo vaginal.
Sin mucho esfuerzo, Liuva comenzó a presionar las paredes uterinas a modo de puja. Con aquello, sintió de lejos una sensación orgásmica venir y comenzó a temblar levemente para darle a entender al supuesto dominante que había llegado al clímax.
El tipo le cogió la cara y lamió los labios de la mujer mientras sacaba lentamente el rolo de aquella parte íntima. Ambos respiraban aceleradamente; uno porque había disfrutado. Otra, porque pretendió haber disfrutado. Ella suponía que la noche empezaba.
Aquel abrió las esposas, le terminó de quitar la camisa blanca que había combinado con la falda y de inmediato la volvió a esposar. Le dio órdenes de que no se levantara; ya él se encargaría de hacerlo. La diferencia fue que no la cargó. Con la fuerza de la que hacía alarde, el hombre con una sola mano, la jaló por las esposas y la arrastró hasta la ventana. La cual abrió y consiguió atarla en los barrotes de protección.
< Humillación > pensó la periodista, imaginando que era la preferencia del dominante.
Con los brazos hacia arriba y sentada en el suelo con ambas piernas estiradas y abiertas, la sumisa observó cómo el malayo ser, se limpiaba el semen con una toalla blanca. Antes, no había notado que eyaculara o por lo menos, sabía que él no se tocó para correrse. Ella, apartando la palabra "maldita" y "puta" de su cabeza, sintió un leve orgullo por provocarle eso a un hombre. Debía seguir comportándose a la altura para ver qué más lograría alcanzar con su empleador de la noche.
El calor de afuera entraba por la ventana y un leve olor a cigarrillos con el ruido de algunas puertas de carros cerrarse, trajeron a la realidad a la pareja, recordándoles donde estaban.

– Si te da mucho calor, me lo dices. Pero no voy a desatarte en toda la noche.

Efectivo. Aquello había sido un preámbulo de lo que vendría.
En ese momento, el hombre se acercó a la maleta y sacó unas medias negras muy largas. Las ató y probó la fuerza del nudo. Al acercarse para colocarlas alrededor de sus ojos, tropezó con el bolso haciendo que éste cayera al suelo sacando apenas la poca ropa que tenía.
Un uniforme negro y una especie de billetera plana, se descubrieron al borde del maletín.

– ¡Mierda! – él, rápidamente tomó las cosas y las acomodó dentro. – ¡Mira para otro lado!

Liuva obedeció pero no pudo olvidar la especie de billetera.
Empezaba a formarse una idea en la cabeza de la profesión del empleador: Un rolo, uniforme, esposas y lo otro que salió del maletín parecía ser un Porta Credencial.

– No viste nada, ¿verdad?
– No, señor.
– Si llegaste a ver algo, dímelo ahora.
– No vi nada, señor.
– Se cayeron unas cosas. ¿Qué viste?
– Nada más que ropa, señor.
– Muy bien. No quiero tener que matarte para que no divulgues mi identidad– bromeó el "Señor" junto a una arrogante risa.
La sumisa comprendió la broma peliculera. Pero algo en esa risa, más lo que había salido de la maleta, alertó a la periodista un poco; esperando qué haría con el par de medias.

Como respondiendo al pensamiento, aquel tapó sus ojos con las medias dejándola invidente. El falso Amo estaba poniéndose creativo de nuevo. Fue entonces cuando escuchó un yesquero encender fuego y el humo de un cigarro mentolado expandirse por la habitación.

– Ni se te ocurra gritar– susurró el creador de la escena.
Pero ella no obedeció. Porque el grito que emitió al sentir el dolor de quemadura en su pie, justo en uno de sus dedos, ardiendo; estaba segura que se había escuchado en todo el hotel.
– ¡¡¡Te dije que no gritaras!!!


¡Zasss! Una fuerte bofetada le giró la cara. Tomó su otro pie haciéndola estirarse con violencia. Con la mano libre prendió de nuevo el cigarrillo y lo estrujó con rabia en la punta de otro de sus dedos. En toda la uña.

– ¡Aaahhhhh! – exclamó Liuva del dolor.
– ¡¡¡Cállate!!! – se puso el cigarro en la boca y con ambas manos, giró el tobillo haciendo que crujiera un poco.
– ¡Déjame en paz! ¿Quién eres tú? Tú no eres un Amo.
– Voy a partirte el pie en dos si sigues hablando. No te he dado permiso.
– ¡NO! No, por favor. Duele demasiado. Duele.
– El dolor es placer. No es verdad, ¿princesa?
– Por favor, aléjate. No me hagas más daño, por favor.
– Hace un rato no pedías eso, princesa. ¡Maldita Zorra!

¡Tazz! Otra cachetada aún más dura, justo después de que dejara caer el pie y éste retumbara en el frío suelo del cuarto. Liuva estaba aterrorizada desde que sintió la primera colilla apagarse en su dedo.
Entonces, empezó la guerra. Moviendo los brazos para desatarse de alguna forma, enrabietó al canalla quien la tomó por la cintura para cesar los espasmos. Logrando lo contrario, buscó de prisa las llaves de las esposas y la liberó. Liuva inmediatamente se abalanzó a las piernas de su agresor y le mordió una rodilla provocando una especie de grito masculino. La agarró por el pelo cerrando el puño y le golpeó la cara. No una, sino tres veces, haciéndola sangrar. La venda de los ojos se movió un tanto, por los golpes. Pero ella con el dolor de los dedos y la nariz, no podía abrir los ojos bien. Entonces, no pudo ver el rolo venir de costado, lo que hizo que cayera espatarrada sobre la cama mientras era brutalmente golpeada por el arma. Un arma que hace unos pocos minutos debió provocarle placer. Como si su cuerpo sintiera que venía de la maldad y el error por estar allí.

– Déjame... por favor. ¡Ayuda!
– ¡Cállate! ¡Cállate ya!
– Ayuda– intentaba gritar. –¡¡¡Alguien me ayude!!! Señor,
Dios. Por favor. ¡AH! – sintió un fuerte golpe en la cabeza que la hizo cubrirse con los brazos.

Golpe en las nalgas, brazos, piernas, abdomen, rodillas, hasta llegar al rostro y la mujer dejó de moverse.
Con la vara en alto goteando la sangre de la sumisa, el hombre se detuvo respirando como un demonio enrabiado. Secó el sudor de su frente con el dorso de la otra mano, pestañeó unos instantes y de inmediato se alejó de ella para irse de allí cuanto antes.
Lavó la sangre del rolo y lo metió en la maleta. Se vistió como pudo y salió velozmente del estacionamiento, tratando de no pitar caucho.
Entregó la llave en recepción y manejó a las carreras, lejos de la zona.
Inconsciente y desnuda, el cuerpo de Liuva se resbalaba de las sábanas blancas manchándolas de sangre hasta caer al suelo, dejando medio cuerpo tendido. Los gritos alertaron a otros clientes, quienes avisaron a una mucama. Pero curiosos, la acompañaron hasta la puerta tocándola fuertemente.

– ¡Salga de ahí quien sea que esté! – dijo la joven en uniforme de servicio, sin dejar de tocar con sus puños, la madera.
– Deberían buscar al recepcionista–. Sugirió el cliente. Su pareja corrió hasta la garita de salida, donde se recibían los documentos de identidad correspondientes y daban las llaves de las habitaciones.
El conserje, con otro juego de llaves abrió la recámara para encontrar un brazo estirado y una mata de pelo enmarañado sobre la cama. Todos estaban en tensión y nadie quería acercarse.

– Señorita. ¿Se encuentra bien? – preguntó el conserje.

La clienta se tapó la boca con ambas manos. El hombre que la acompañaba, trató de apartarla del lugar. Ya habían visto la sangre en el colchón. La mucama, más valiente que los demás, se acercó por el otro lado descubriendo a una hermosa mujer completamente desnuda con múltiples golpes en su cuerpo.
– Dios mío, Santa Madre de Dios– pronunció con un hilo de voz. –Creo... creo que está muerta.

La clienta comenzó a llorar, obedeciendo a su pareja para que salieran de la habitación.

– ¡No la toques! – pidió el conserje a su empleada, viendo que ésta se acercaba a la chica.
– ¡Está viva! – aseguró la mucama, comprobándole el pulso en el cuello. –Llama a una ambulancia. ¡Llamen a una ambulancia!

El cliente del hotel se detuvo en la puerta chocando con el recepcionista, quién salía directo en busca de un teléfono. Cuando el encargado salió de la habitación, el otro hombre se dirigió a la dama herida y comprobó por sí mismo el pulso.

– Sí, está viva. Dios santo. ¿Qué le hicieron? – se preguntó a sí mismo en voz alta el hombre, quien acudió al hotel para tener un momento de pasión con su mujer, y había terminado la noche comprobando los latidos del corazón de una casi moribunda. –Demasiada locura junta. Parece… que tiene los ojos vendados– señaló a la cara.

Su mujer lloraba, la mucama se tocaba el pecho y el conserje llamaba a un hospital para que la sacaran de allí lo antes posible.
A la hora, unos paramédicos se llevaban a Liuva sobre una camilla, hablando en un lenguaje médico inentendible para los curiosos y para quienes la habían encontrado.

La clandestinidad del hotel se perdió esa noche, para mostrar los rostros del sexo y la pasión detenida. Contemplando el resultado de una masacre la cual, hasta los momentos y buenas esperanzas de la mucama y los clientes, no terminara en muerte. 

Aún nadie había notado las esposas arreguindadas a los barrotes de la ventana.







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