jueves, 5 de enero de 2017

Zácari, Libro 1: El secreto de Eros (CAPÍTULO 1 EXCLUSIVO)


Capítulo 1.

El castigo.




19 de Enero del 2015...

Liuva tenía ganas de orinar y sus pies dolían como el infierno. Su vista estaba dirigida en las gotas de sangre que brotaban de alguna parte en aquella correa de cuero. Quizás la punta estaba enchumbada con su ADN y ya venía secándose. Aquel escenario la entretenía, a pesar de que sangraba. < Nunca es tan doloroso. El dolor está en la mente, bien dormido > se repetía a sí misma las palabras de su mentor, su amo; su Rey. Así lo había aceptado y ese papel se interpretaba con excelencia y rigor desde hace 5 años. Si se miraba en el momento, se asustaría; estaba segura. Pero nada parecido a ello dentro de su cabeza; a la vez, pensaba que su castigo se convertía en el más severo de todos los años junto a él sin embargo, Liuva comparaba la comodidad de su hogar con todo lo que vivía en ese jardín, sobre esa grama. ¡Estaba encantada! Zacarías no parecía estar enfadado. 3 horas antes se lo demostró como siempre: pocas palabras y un sinfín de órdenes sin detenimientos. Pero ella había pecado en cantidades infrahumanas; llegar tarde a una cita fuera de casa era un tema delicadísimo para ambos, incluso para todas las mujeres que existían en la vida de su dueño. Liuva sabía que los castigos, más allá de las recompensas, eran los que catalogaban el favoritismo de ‘Zacari’, como solía llamarlo. ¿Quién era la mejor, quién era su favorita? Mientras más disfrute posea el varón con el castigo, significa que existe un gran aguante en la dama, y como paso siguiente, ella gana la partida.

Tres horas tenía Liuva con sus tacones puestos sobre el césped, creía sentir de vez en cuando una que otra hormiga subir por un tobillo. En medio de las piernas, un tronco de árbol cortado casi al ras del suelo poseía las cadenas que le ataban los pies. Una para el derecho, otra en el izquierdo. Laterales que separaban las extremidades y permitían que su vagina estuviese expuesta todo el tiempo. Ella podía acercarse al tronco, no eran barras separadoras ni nada inamovible. Aun así, no estaba permitido y era más cómodo para sostenerse. Ya tenía suficiente con sus brazos estirados por cadenas parecidas a las inferiores, sobresaliendo de tubos forrados de hojas y moho. ¡Gracias a Dios que no tenía que tocarlos! El asco era evidente, odiaba el moho. Y ese dato lo manejaba a la perfección el protagonista de todo lo que le pasaba. Él le había permitido tener la boca libre. Aunque en un arrebato de desobediencia, Liuva emitió sonidos sin permiso y Zacari entró con el paso más lento que pudo hacer, buscó los elementos para hacerle entender que se había equivocado, y regresó con un collar sostenido en los mimos laterales con otras cadenas atadas a los tubos. Parecía Herman Monster en un calabozo. ¡Qué diantres! ¡Que le colocara todas las cadenas que quisiera! Estaba loca por retarlo a ello.

 No olvides que no debes dejar que los tacones se entierren en la arena.

Mandato Número 3, después de No hablar sin permiso y Negativo gemir sin consentimiento. Estaba amarrada de pies, brazos, cuello, había sido azotada con una correa de cuero hasta sacarle sangre, llevaba tres orgasmos finiquitados y uno interrumpido, había llorado en silencio y aguantado el placer y el dolor que Zacari le regalaba, pero lo más difícil era tratar de que sus tacones no se enterraran en la jodida arena. Ya estaba segura que los calambres que sentiría al día siguiente, serían de terror. Sin embargo, le causaba risa el hecho de que su Amo decidió tardarse más de la cuenta en volver a tocarla, ya que se le ocurrió la brillante idea de fabricar una fusta de cuero él mismo, en frente de ella. El Eros maldito poseía infinidad de fustas, látigos y demás artilugios de placer y castigo, pero ¡No! Estaba empeñado en tener una nueva, y a modo de bricolaje, sacó una mesa que tenía en el cuarto de depósito, un doblés de cuerina negra, tijeras, cuerda y comenzó a silbar mientras cortaba los retazos y los enrollaba a un mango improvisado.  

 Está quedando muy bien. Pero no me basta sin tu versión. ¿Qué opinas si lo mojo?

Liuva tragó grueso, pero no por el miedo. Sino porque ya no aguantaba un orgasmo más y sabía que el látigo le haría acabar como unas cinco veces adicionales, todas juntas, como una explosión de nitrógeno. ¿Cómo no preguntarse si el temblor que sentía en los brazos era la naturaleza que movía los tubos, o la excitación? El ‘demonio sexual’ se acercó a ella pasándola de largo. Abrió una manguera y comenzó a mojar su creación. La exprimió porque según él, estaba preocupado de que ella pescara un resfriado. < ¡Por favor! si tengo 3 horas como Dios me trajo al mundo al aire libre. ¿Qué mierd…? > Su pensamiento fue interrumpido por el cuero sobre la espalda.



 ¿Cómo se siente? ¿Te gusta lo que he hecho para ti?
 Sí, señor.
Otro guantazo  ¿Te gustó la idea de mojarlo? Pesa una barbaridad más.
 Sí…Señor.
¡Tres latigazos más por el costado derecho!
– A ver, a ver– Él tocó la entrepierna de Liuva. –Parece que la nueva fusta está dando resultado– La chocó duro en la parte revisada. –Uy sí, cómo me está poniendo. Creo que si te sigo dando aquí, vas a empapar la cuerina.
 ¿Se está excitando, señor?
¡Latigazo en la cabeza! –Calladita–. Le dio sobre el pelo y miró hacia abajo  ¡Mierda! ¡LOS TACONES!



Liuva no se había percatado de que estaban enterrándose y de puntillas, los alejó un poco de la tierra, pero ya estaba más que castigada, excitada y risueña; una mezcla de otro mundo. Uno, dos, tres golpetones con la fuerza que lo caracteriza, cayeron sobre cada rincón del hermoso y sudoroso cuerpo de Liuva.

 ¿De qué te ríes preciosa?  Continuó Zácari luego de calmarse por la serie de golpes que se había desatado hace un minuto, gracias a la desfachatez de los tacones. Colocó el cuero en la nariz de la mujer. –De éste modo es tu olor sobre mi nuevo látigo. Dime, ¿Es suficiente entonces? ¿Ya aprendiste que a mí no se me deja varado?
Liuva ya no sabía cómo hablan las personas; solo era flujo y orgasmo. –Ss… sí señor.
 Muy bien. Porque ahora vas a sentir lo mejor de la noche.

< ¿Qué va a hacer? >

 Shhh… no pienses tanto. Solo voy a penetrarte pero muy muy lento. No te emociones.

< Maldigo la lentitud > pensó la sombra de mujer, porque en eso se había convertido. Su maquillaje le cubría el rostro y si alguna vez hubo glamur en sus pintas, estaba perdida en el limbo. ¿Cómo osaba ser lento ahora cuando más lo necesitaba? Cachonda era una muy buena palabra para describir sus sentimientos. ¿Para qué usar tan buen léxico en esa situación? Total, todo lo que estaba pensando, a menos de que él escuchara sus pensamientos, estaba a salvo y podía imaginar todas las guarradas que le diera la gana. Para guarrada, ella: desnuda, bajo las nubes que ya oscurecían, chorreando placer desde hace horas y con las nalgas más rojas y quebradas que nunca.

Zacarías palpó la zona baja muy bien y colocó el látigo en la boca de Liuva para que lo mordiera. Señal suficiente que indicaba el no querer escucharla gritar, anunciando de que algo más poderoso llegaría. El castigo no eran los golpes, era el placer demoniaco que éste hombre le gestaba. De ese modo, se colocó detrás de ella colocándose un condón, agarró su miembro guiándolo al centro de todo lo ocurrido, al trono femenino, a la zona en reclamación de la lagarta. Y con sus manos en alto sosteniendo la cabeza del tesoro más preciado, empujó hacia dentro haciendo que las cadenas se tensaran por el gran movimiento provocado con la penetración.


Lento, pausado, Zácari descubría su pene, lo observaba en segundos y lo introducía nuevamente. Con una de sus manos restregaba el clítoris de Liuva para acelerar el proceso y ver hasta dónde aguantaría. Aún no estaba cansado, así que siendo el dueño de la escena y de todo, podía tomarse el tiempo de la vida para provocarla. Estaba en sus trece, como nunca antes. Jamás olvidaría esa tarde.
Desde que miró por primera vez su reloj en el restaurante donde esperaba la llegada de la mujer, ya estaba pensando en el castigo pero jamás imaginó que su mente le jugara una pasada tan buena y tan creativa.
No podía reírse frente a ella para no confundirla con burlas, pero por dentro estaba muerto en carcajadas. Ella se retorcía como cachorrito y ya era hora de culminar.



Entonces, siendo solidario por unos instantes, aceleró las estocadas con fuerza, mucha fuerza y con ganas de correrse, le arrancó el látigo de los dientes, acabó dentro del profiláctico con tres empujes más y se alejó tan veloz para que, mientras ella temblaba de placer, él le zumbaba unos cuantos golpetes más con el cuero nuevo. Por todas partes, en todo su cuerpo. Zácari, El Eros sabía lo que hacía demasiado bien que asustaba.
Liuva regresó a la realidad. Sintió que la liberaban de las seis cadenas y el collar. Arropaban su cuerpo con una tela gruesa, carrasposa y en vilo, era introducida en la casa, lavada, vestida y hasta los dientes cepillados y el pelo acomodado. Amada, perfecta, tranquila.
Zacarías le recompensó por la increíble tarde que vivieron y en un susurro, él mencionó palabras de quietud y descanso. El castigo no había sido infundado, fue creado por y para ella y la satisfacción que sentía, no podía compararse con nada. Con absolutamente nada.

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