martes, 14 de febrero de 2017

EXCLUSIVO... EL LABERINTO DE ARAGÓN de Diana C. Acosta: Capítulo 1

A la venta ¡ya! Por #Amazon
E

<< Hay dos ángeles en cada hombre: uno de justicia y otro de maldad...
El ángel de justicia es delicado y tímido.
El ángel de maldad es iracundo y rencoroso... >>

En el año 1998, Venezuela comienza una nueva era de cambios. Algunos no logran ver lo que se avecina. Otros, tienen la sapiencia de ver el futuro más cercano. Josué Mendoza piensa que es uno de los sabios. Él, dueño de una empresa de lácteos en la ciudad de Maracaibo, se enfrenta a una realidad inevitable: la delincuencia. Por lo que debe confiarle a su administrador estrella, Romer Aragón, y a su querido sobrino Carlos, la empresa que su familia ha levantado por años.
Tras un incidente lamentable, Josué envía a su hija de 17 años al exterior. Allí, Canela Sofía, vive experiencias que la obligan a callar y anhelar con todo su corazón, regresar a su tierra. Cuando esto sucede por fin, la joven se entera que su padre quiere sacarla nuevamente del territorio, y entra en cólera.
Josué se ve acorralado. No sabe cómo enfrentar la situación.
De ese modo Romer se hace cargo de ella; una jovencita con cuerpo de mujer, quien se disfraza de niña para esconder su alma de acero.

Ninguno está solo en esto. Nadie está exento de culpas. Sobre todo cuando una influencia poderosa maneja cada destino, llevándolos a todos por caminos aún más peligrosos que la misma delincuencia.
Una historia repleta de romanticismo, poder, maldad y valor… donde lo más mínimo te pierde… te excita… te enamora. 


BOOKTRAILER





Capítulo 1



Año 2000


Una dulce y extraña brisa acariciaba las olas oscuras del lago de Maracaibo, haciendo las veces de cura que aplacara el efecto caliente, que el radiante sol de la región había dejado sobre ellas, más temprano. Así, como el oleaje llegaba a la orilla, sereno y mimado por la reacción de la naturaleza, Canela se llenaba de aire los pulmones, en respiros y exhalaciones contundentes. Cada movimiento de su pecho al unísono con el agua, calmaban los nervios que intentaban abandonar su cuerpo, a esas horas de la noche.
¡Por fin se había casado! Aún no creía que a su edad, apenas 20 años, pudiera saborear la enorme alegría que significaba el darle el Sí quiero al hombre de su vida.
A las ocho en punto de la noche, los fuegos artificiales, las viejas campanas de la Iglesia San Rafael¹, el cura y un gran número de invitados, fueron testigos de la unión de Canela Mendoza y Romer Aragón. Y al salir disparados por la emoción de la ceremonia, terminaron brincando de entusiasmo hasta el Hotel Del Lago², para darse un banquete en toda regla.
Canela se había distanciado un poco de la fiesta para comprender su nueva vida. Lo necesitaba. Sentada en una piedra que daba pie a un cocotero, se estremeció al medir la felicidad que la embargaba. Una demasiado grande, tan enorme como el lago más famoso del país y tan larga como las costas venezolanas. Ella se había enamorado de Romer justo al verlo por primera vez.
Pero jamás pudo imaginar que sería la mujer de ese hombre tan serio y hermoso, quien cargaba tanto peso en su interior.
Mientras pensaba en aquello —que la hacía sonreír aún más—, se removió un poco en la piedra y mirando hacia atrás comprobando que nadie la veía, se levantó el vestido de novia y sacó una cajetilla de cigarros y un yesquero de la liga de su ropa interior. Toda una osadía cargar aquello debajo de aquel atuendo tan sagrado. Se agachó un poco intentando taparse con el tronco del árbol, para poder encender el cigarrillo. Una, dos, tres veces y nada que prendía. A la cuarta vez asomó la llama, pero el viento no dejó que durara y maldijo bajito por las casualidades que ocurren cuando alguien está desesperado. Con el soplido de la brisa justo cuando el yesquero había encendido, miró hacia el cielo y dejó en voz alta un reclamo en medio de la soledad:
— Ahora sí hay viento. ¡Ahora sí!
Tras varios intentos y casi ponerse como un caracol para poder prenderlo, el encendedor cedió a sus insistentes dedos y pudo aspirar el humo del tabaco, con más alivio que antes.
Más relajada, aspiró y exhaló el humo intentando apartar los sentimientos de angustia que la embargaban. Cerró los ojos para recordar todo lo que había sucedido hace unos meses atrás y de inmediato, sus dedos volaron hasta su mejilla izquierda, sobándola… como tanteando la zona. Aquel toque hizo que apretara los párpados. El eterno nudo en la garganta comenzaba a aparecer.
— ¡Prima!
Canela pegó un brinco que la hizo toser al escuchar la voz de Faustina, la hija de su tío Manuel Alberto.
—Pero bueno, mírate. Tan campante y ahí, fumarreando a escondidas.
— ¡Cállate, Faustina! — susurró fuerte, haciendo señas para que no hablara tan alto.
La jovencita puso los ojos en blanco:
— Mi alma, prima— dijo con su marcado dialecto marabino. —Pero si aquí nadie nos va a escuchar.
Faustina se acercó a trompicones hacia Canela para quitarle el cigarrillo:
— ¡Dame! ¡Dame un poquito de eso!
— ¿Qué? ¡¿Te volviste loca?! — exclamó Canela. —No me digas que comenzaste a fumar, carajita—. Faustina se reía altísimo y muy chillón. Una risa loca salía de su boca. —Shhhh silencio, Fau. ¡Te van a oír!
— ¡Tranquila, Canelita! Aquí no nos escuchan. Presta atención…— rodeó el pabellón de una oreja para escuchar algo a lo lejos. —La música está demasiado alta. ¡No nos escucha ni Dios! — volvía a reír. —No sé cómo a tío le permiten hacer estos parrandones en este hotel tan sifrino³— opinó, mirándose las uñas con exagerada tranquilidad.
Ahora quien reía era Canela, pero claro, jamás como su jovencísima prima.
— Allá está mami bailando como loca— continuó Faustina.
— ¿En serio? — Canela puso cara de circunstancias y se mordió una uña. —
¿No estará molestando a Romer?
— Si supieras que no— Faustina intentó recordar la última vez que lo había visto en la fiesta, sin éxito. Siguió hablando sin prestarle demasiada atención a lo anterior. —Menos mal que mami no vistió de blanco, sino se cree la propia novia
— la chica reía sin parar. —Y te juro que estuvimos a punto de regañarla para que no se colocara el amado Carolina Herrera4 que guarda en el closet como un tesoro. Quiere más ese vestido que a nosotros.
Ambas rieron por el comentario.
— Pero dime— siguió la prima de Canela. — ¿Por qué andas por aquí? Pronto comenzará la gaita y no me puedo creer que te la vayas a perder.
Canela respiró profundo y se giró de cara al lago, nuevamente. Se metió el cigarrillo a la boca. Acomodó el vestido para que el oleaje no mojara sus bordes, y exhaló el humo. El viento soplaba en aumento y de repente, desaceleraba; haciendo que ambas escucharan las notas de algunas canciones de la fiesta. El lugar donde Canela se había apartado, estaba retirado de la bullaranga y aun así, se podían escuchar las notas del teclado, los repiques del bajo salsero y las trompetas tan conocidas en aquel tipo de celebraciones.
Tras un corto silencio, Canela preguntó:
— ¿Crees que Romer y yo nos hemos precipitado?
La joven damita movió los labios:
— ¿Me lo preguntas a mí? Si solo tengo 15 años, ¿qué te puedo decir?
Canela exhaló por la nariz:
— Eres casi una adulta casi, Fausti. A veces me dejas con la boca abierta por las cosas que dices…— hizo una pausa. — ¡Y las que haces!
Faustina chasqueó la lengua y estiró la mano para quitarle de nuevo el cigarrillo. Canela le pegó un manotazo en el dorso.
— ¡Aaaay!
— ¡Que NO! — La novia se fumó una calada prohibiéndole a la menor, el consumo del tabaco. —Ajá, entonces pequeña Fau, ¿me vas a responder o vas a estar pendiente del cigarro?
La joven se sentó al lado de su prima en otra piedra, con cuidado de no arruinar su vestido color salmón y de no resbalar con los delicados zapatos que cargaba:
— Bueno, tengo que mencionar que no es mucho el tiempo que tienes conociendo a Romer. Es decir, no son demasiados los años, así como los que
Papá y Mamá duraron antes de casarse— ella batuqueaba los hombros. —Pero
Aragón es bastante agradable, colaborador, profesional y buena persona— Canela sonrió al escuchar aquello.
— Además— continuó la adolescente, mirándose las uñas. —Tío Josué lo conoce muy bien. Él confía demasiado en tu esposo. Sino, juro que no hubiese dejado que te acercaras, ¿No es así? — dijo aquello dándole a su prima, pequeños codazos en el costado. Ésta reía y esperaba que Faustina siguiera su discurso. —Puede que sea precipitado. ¡No lo sé! Pero ese hombre te ama, Canelita.
La mencionada sonrió junto al rojo de su piel por el sentimiento que la recorría.
— Por cierto…— Faustina no sabía bien cómo preguntar. — ¿Ya estás preparada para… tu noche de bodas? — preguntó, bajando un poco la cabeza sin dejar de mirar a su prima.
Canela entrecerró los ojos y carraspeó la garganta:
— ¡Qué cosas preguntas!
Faustina bajó las cejas y se puso seria de golpe:
— Canela Mendoza, no soy tonta. Pero quisiera saber si ya tú y Aragón... ya sabes— hacía señas con las manos, introduciendo un dedo en un círculo.
La mencionada se puso roja como la punta del cigarro, sin poder evitarlo.
Recordó tal cual acto mágico, cada uno de los momentos íntimos que había vivido hasta la fecha con su recién nombrado esposo. Apartando algunos momentos no tan deseados, comenzó a hacer muecas para dejar claro lo evidente. La pequeña
Faustina giró el cuello y abrió la boca. Y con un jadeo de asombro, se lanzó de la nada hacia su prima, convirtiéndose en un pulpo de hule. El arrebato hizo que
Canela se cayera espatarrada sobre la arena y el agua, y que las pequeñas piedras se chamuscaran con lo mojado.
— ¡Faustina!
— ¡Ay!
— ¡Mira lo que has hecho, Faustina!
— ¡Ay, Canelita! Discúlpame; disculpa, ¡disculpa! — gritaba intentando levantarla y haciendo mayor desastre con sus movimientos. —Es que... prima, tienes que contarme cómo es todo. Por favor... ¡Tienes que contarme! — enfatizaba la quinceañera, convirtiendo la voz en una ronca y exagerada petición, golpeándose las mejillas con las palmas.
— Pero, bueno. ¡Quítate de encima! — Canela batuqueó las manos como una tarita moribunda. —Me ensuciaste todo el vestido. ¡Mira cómo quedé!
Faustina retrocedió unos pasos y se tapó la boca al ver a Canela. Apretó los labios, se puso roja, arrugó la cara. Se estaba conteniendo con mucho esfuerzo, porque lo que la quinceañera quería… era reírse. Los carraspeos de su garganta la delataban.
Canela la señaló:
— ¡Ni se te ocurra! — Faustina lo intentaba. —No te rías o... ¡ya verás!
Pero a la más joven, nada la ayudó a ocultar su risa, que desaforó desde todo su ser y apoyándose con un pie para no caer de frente, la joven prima de Canela explotó como nunca delante de la otra, quien tenía medio vestido mojado, roto y lleno de barro.
— ¡Te dije que no te echaras a reír! — exclamó, Canela.
— Es que...— Faustina de verdad intentaba contenerse. — ¡No sé de dónde ha salido tanto barro!
— ¡Te voy a matar, Faustina!
Canela salió disparada hacia su prima quien a tirones, se quitó los zapatos, se recogió el vestido como pudo, y echó a correr a toda mecha por la playa.
— ¡Párate ahí, no seas cobarde!
— Tú eres la novia, primita. ¡No pierdas el glamur esta noche! ¡Ay!
Canela alcanzó un pedazo de tela y jaló a Faustina hasta tomarle el cuello con los brazos y enmarañarle el peinado aún más. La menor pegaba gritos y Canela ya reía a carcajadas por la cara de horror de la otra.
— ¡Déjame quieta, Canela! Por favor, por favor. ¡El peinado!
— ¡Mi vestido de novia!, querrás decir.
— Si sigues nos van a descubrir. ¡Ahora sí que nos van a descubrir! — exclamó Faustina para salvar su vida.
Canela se paró en seco con la respiración agitada, y se quedó observando cómo su prima se acomodaba los pelos. Al parecer, las palabras funcionaron.
— Fausti...
— ¡¿Qué?!
Canela señaló al área de piscinas, donde se festejaba la boda:
— Comenzó la gaita. Me deben estar buscando. ¡¿Qué coño voy a hacer con este vestido así?! — preguntó arrugando los labios.
Faustina miró a la fiesta y luego a Canela, pensando en una solución:
— Imagino que en la habitación tienes ropa. ¿Qué trajiste? — preguntó la menor.
— Pantalones, franelas, traje de baño… ¡Ah! Una muda de vestir. ¡Esa puede servirme! Pero, ¿cómo hago para pasar frente a Romer, papi, mami, tíos, tu hermano... todos?
— Yo te ayudo, pero tenemos que movernos ¡ya! Romer se va a volver loco si no te encuentra. No te vas a perder la gaita, te lo prometo.
Mientras planeaban cómo poder pasar sin que nadie viera a Canela, comenzaron a caminar hacia el costado izquierdo de la piscina.
— Te pasaste, Faustina. ¡Mira cómo quedó el vestido!
— No era tan bonito, la verdad.
— ¿Qué…? — la tomó del brazo. — ¿Qué dices? Era precioso — afirmó, sacudiendo el barro pegado en la tela.
— No lo era y punto. Mira…— se detuvo —Te vas a quedar aquí, detrás de esta pared. Voy a buscar a un mesonero para que te deje pasar por los pasillos de conferencias.
— Me van a pillar toda embarrada...
— ¡Que no! Nadie te verá— explicó, dirigiéndose a la fiesta.
— ¡¿A dónde vas?!
— ¿Dónde están los mesoneros, Canela? ¡En la fiesta!
Canela respiró hondo, resignada:
— Ok. Está bien. Aquí te espero. ¡Y no te tardes! Estoy toda mojada; Me voy a resfriar el día de mi boda— se quejó.
Faustina abrió la boca para decir algo. Pero al final, preguntó:
— ¿Quién te manda irte a la playa en pleno rumbón? Todavía me debes la explicación del porqué lo hiciste, ¿eh? — le replicó moviendo un dedo exigente, mientras se alejaba para buscar ayuda.
Canela batuqueó una mano para no darle mayor importancia, y para que se diera prisa. La joven Faustina se acomodó el cabello y vio sus pies descalzos.
Resopló con fastidio, pero se calmó al ver que el faldón le tapaba lo suficiente, y podía pasar un poco desapercibida...
— ¿Ya te quitaste los zapatos, Faustina?
Bueno, ella creía que pasaría totalmente desapercibida; pero se había olvidado de los ojos de águila que tenía su hermano. La muchacha giró los ojos; Carlos le había pillado a la primera.
— Cállate, Carlos. ¡Vete a bailar!
Carlos intentó sonreír. Observó a su hermana con un poco de alivio, cuando se mezcló con la masa de invitados. Supo que ella se percató de lo obvio: su tío
Josué, el papá de Canela y el anfitrión de la ceremonia, estaba ya pasado de tragos junto a los demás, cantando gaita zuliana con una banda que a todo pulmón, versionaba la letra de la canción La Retreta5, del famoso grupo Gran
Coquivacoa6. Carlos intentó sonreír de nuevo, al ver cómo Faustina movía los hombros al son de la canción y siguió observando cómo después, caminó entre la gente que bailaba por cada rincón de las mesas.
La había encontrado antes de irla a buscar. La verdad, a quien quería ver era a
Canela. Hablar con ella y alejarla de una realidad engorrosa. Una realidad que su prima había tenido frente a sus ojos al igual que él, pero que a tan solo unos minutos, él había descubierto. Justo en la boda.
Esa noche, se convertía en una muy vulnerable noche; preparada para dejar abierta algunas puertas peligrosas. Carlos no quería estar tan consciente de lo que cada pared de ese hotel encerraba. Conocía muchos secretos de su familia. Pero él participaba en el más relevante, que lo sometía a un estrés; visión de lo que en cuestión de minutos, podría cambiarlo todo.
Unos meses antes de aquella ceremonia, se había desligado casi por completo de una responsabilidad mezclada estrechamente a esa carga emocional que compartía con su mejor amigo. Pensó que las aguas estaban tranquilas. Que la boda estaría encerrada con candado para no dejar entrar a nadie que pudiera perjudicar la felicidad de los novios. Sin embargo, su cerebro captó lo contrario tan solo unos minutos antes de encontrar a Faustina. Antes de volverse loco buscando a Canela, su querida prima. Y antes de notar los pies descalzos de su hermana, las vio escondiéndose como locas detrás de las paredes que iniciaban los pasillos de conferencias. Carlos no podía dejar de pensar en la discusión que nunca imaginó que se desarrollaría en plena boda. Quizás estaba haciendo alarde de madurez, pero en aquel momento quería ser el protector de una de las mujeres que más amaba, más que en ningún otro momento. Gracias a esa discusión que se hizo realidad en los baños del restaurante cerrado, necesitaba saber dónde estaba
Canela y al no encontrarla, fue en busca de su hermana. A quien tampoco pudo ver por ningún lado, y las palabras que tenía grabadas en el cerebro, le hicieron prácticamente correr a cualquier lugar donde podían estar aquellas dos. Nervioso, era la palabra correcta del estado de ánimo de Carlos.
Pero ya las chicas estaban en la fiesta de nuevo, aunque planeaban algo, era obvio. Cansado, se restregó los ojos. Se dirigía hacia la pared donde se encontraba Canela, pero su madre lo interrumpió.

***

Al llegar a la barra, Faustina llamó a un mesonero y le pidió que saliera detrás del gran mesón para susurrarle el favor:
— Necesito que me ayudes con una cosita...
El chico, quien se vislumbraba como alguien muy joven, parecía encantado con la idea de la nena hermosa de la familia, pidiéndole un favor. El empleado procedió a desligarse de sus tareas lo más rápido que pudo, y mientras emprendían camino al rescate de Canela, Fausti se fijó que entre los invitados más conocidos, Romer no se encontraba.
Era difícil poder saber dónde estaba; Más de sesenta invitados, gaita pululando en los parlantes del hotel y las bebidas que no paraban de servirse en las mesas.
¿A caso alguien tenía recuerdos de lo que celebraban? La señora Carmen, su madre, ya no estaba bailando y definitivamente, Romer no asomaba su cuerpo por ningún lado. Entonces, al pasar por el extremo derecho de la parranda, casi se tropieza con una muchacha de vestido negro muy escotado, quien llevaba cara de susto y lágrimas en las mejillas. Aquella mujer venía del restaurante cerrado, y su rumbo iba directo a la salida. Al segundo de Faustina ver aquello, pudo divisar la silueta de Romer, salir del mismo lugar de donde corrió la fémina de vestido negro. Ese rostro ovalado y perfilado a la vez, bien cuidado y lloroso, le trajo recuerdos que no pudo definir de inmediato. «¿Quién es ella?» se preguntó, pero no debía distraerse.
Entonces, se encogió de hombros y recordó porqué estaba apurada. ¡Canela seguía en aprietos y por su culpa! Así que aquel rescate, era más importante que cualquier otra cosa. Apuró el paso, agarró al joven camarero del brazo — poniéndolo nervioso— y ambos corretearon hacia el rincón donde se encontraba la novia.
Al cabo de unos minutos y sin tantos problemas, Canela pudo llegar a los ascensores combatiendo las risas de Faustina; Y las que evitaba el propio mesonero, escuchando la historia del vestido de novia. Con cansancio más que rabia, la recién casada logró llegar al frente de su puerta:
— Un millón de gracias, pero solo a ti— señaló al mesonero. —Porque a ti…
— movió un puño frente a la cara de Faustina. Y sin decir nada más, soltó la risa.
—Váyanse ya. Muchas gracias por todo.
— No, yo te ayudo a cambiarte— se ofreció la prima.
— Que no, que estoy bien. Váyanse a bailar o… algo.
El camarero bajó la cabeza, con la cara enrojecida por la insinuación de ese
"algo".
— No te vayas a tardar— pidió Faustina. —Tío ya está un poco...— explicó lo que no dijo, con una seña de su pulgar hacia la boca.
Canela resopló:
— Se pone terrible cuando bebe. Imagina hoy, ¡el día de mi boda! Y el hecho de que no me vea… Ay Dios, ¡debe estar preguntando por mí! Faustina, no le digas nada. Más bien, mantén al tanto a Romer de lo que hago y donde estoy.
— Ok.
— ¡Pero no le eches todo el cuento! Explícale que me cansé del vestido y los tacones.
Faustina detuvo todo movimiento y quedó mirando a la nada. Recordó haber visto al mencionado hace tan solo unos minutos.
— ¿Qué pasa? — preguntó Canela.
La prima sacudió la cabeza:
— ¡Nada! Ve a cambiarte.
— Pero ¿qué? ¿Qué dije?
Para cuando Canela preguntó, ya Faustina se había separado de ella, arrastrando al camarero:
— Primita, tengo mucha hambre. Y creo que van a sacar tequeños7 otra vez— dijo de forma cantarina.
— Los tequeños de queso que aquí preparan, son los mejores de la ciudad...
— Sí, sí. Eso— Faustina interrumpió las palabras del mesonero. Y cuando ya se iban, chocó contra el pecho de alguien...
— ¡Disculpe! — dijo ella. Un joven de casi treinta años, la miraba con las cejas un poco elevadas. — ¡Romer!
— Faustina— la voz gruesa y joven de Romer la asustó un poco. Él no se percató de aquello. Miró por encima de la quinceañera hasta dar con Canela y ensanchar sus ojos con lo que vio: a su mujer con el vestido de novia más dañado que jamás había visto:
— ¡¿Qué pasó?! — preguntó el recién llegado.
La novia respiró profundo e hizo una reverencia, tomando la desbaratada y sucia orilla del vestido:
— Heme aquí, esposo mío— dijo un poco sonriente y resignada. —Pero aun así, soy inocente de todo cargo— Soltó el vestido y levantó las manos a modo de disculpa.
Los tres: el mesonero, Faustina y la novia, quedaron en silencio al ver a Romer detallando la falda llena de lodo, el escote marrón claro y casi amarillo por la arena, un costado del vestido desbaratado y los zapatos de tacón bajo, sucios; pero de un color que al menos aún evidenciaban que alguna vez fueron blanco perla. Entonces, caminó en silencio hacia Canela con paso firme, pero una voz lo interrumpió...
— Cani…— otro joven había llegado de forma rápida hacia el pasillo de habitaciones para encontrarse a todos con expresión de extrañeza. —Pero… ¿Qué le pasó a tu vestido, Canela?
La voz de Carlos llenando el pasillo, hizo que todos giraran las cabezas hacia él.
— Una larga historia— respondió la novia, resoplando con fastidio.
El hermano de Faustina se puso nervioso. De inmediato pensó en lo peor y miró fijamente a Romer:
— ¿Pasó algo malo?
Romer negó y con la mirada, le hizo señas a Carlos para que no siguiera preguntando. Que cerrara el pico. Que por favor, hiciera silencio.
— ¿Te caíste en la playa? — preguntó el esposo desviando la pregunta de
Carlos, en una voz más alta de lo normal.
— Sí, yo la tumbé. Pero fue una tontería— explicó Faustina.
Carlos respiró de alivio, casi comete un error por los nervios.
— Debo cambiarme— dijo Canela. —Quiero tequeños y cantar gaita. Es decir, disfrutar de mi boda— Sonrió y se giró hacia los demás. —Váyanse ya. Nos vemos ahorita.
Romer miró a su amigo. Debía tranquilizarlo:
— Ahora bajamos— le dijo a Carlos, asintiendo una sola vez con la cabeza.
— Sí, Claro. ¡Cómo no! Ya me lo creí.
— ¡Faustina! — la regañó su hermano mientras se alejaban. — ¿Y tú quién eres? — le preguntó al mesonero.
Cuando los demás se fueron de allí, Romer se acercó a su esposa:
— Entra…— pidió suavemente abriendo la puerta de la habitación nupcial, pero sin abandonar del todo el semblante.
Canela era muy joven, pero no tonta. Y conocía ese tono de voz. Algo malo había pasado. Las locuras de la noche se colocaban en un segundo plano y tragó grueso imaginando qué podía ser. Lo miró fijo a los ojos y tocó debajo de ellos, como si fuese a secar unas lágrimas. Era una caricia muy de ella, la cual él adoraba. Romer se dejó llevar, cerrando los ojos pero al abrirlos, alzó un brazo para indicarle que pasara a la suite.
Sin tanto protocolo, la novia entró. Y de inmediato, Canela percibió el olor a flores y vio el gran número de velas encendidas. ¿Qué era todo aquello? La habitación estaba cálida, pero ella quedó de hielo al contemplar cada cosa. Sus brazos quedaron lívidos al lado de sus caderas, y sintió la boca seca por mantenerla un poco abierta. Canela no movía un paso, su corazón se disparó por la emoción y no quitaba ojos de encima a la cama llena de pétalos blancos, rojos y amarillos. Los mismos, se derramaban sobre el piso, haciendo un camino hacia ambos.
— Venía a comprobar que todo estaba perfecto— mintió, él. —No pensé encontrarte aquí. Así no era como quería que...
Canela se giró de súbito y con su mirada, interrumpió las palabras de Romer.
Lo miró fijamente con lágrimas en los ojos por la emoción. Abrió la boca para decir algo, pero solo salió de ella una palabra:
— Abrázame.
Romer era más alto y el cuarto estaba oscuro. Pero entre los destellos de las velas, Canela podía ver bien aquel rostro tan masculino, a pesar de los 27 años que tenía. Su pelo castaño bien cortado, aquellos labios finos y perfectos y sus ojos color marrón oscuro siempre seguros y ahora, atentos a cada movimiento, hicieron que Canela sintiera un ardor en el vientre y no aguantara más la espera.
Por su parte, Romer estaba impresionado. Ver a Canela en aquellas fachas, con su vestido de novia desbaratado y mugriento, le hacía ver más hermosa. Al igual que ella, la poca luz no fue impedimento para degustar el color castaño oscuro del cabello de su mujer. Un pelo largo y brillante, que ya no llevaba recogido. Su piel de un canela claro, como su nombre. Aquellos ojos marrones, la nariz respingona y los labios más sensuales que había visto jamás, fueron la distracción que su cabeza necesitaba en aquel momento.
«Mi mujer» Una frase que tomaba peso en la vida de Romer Aragón. Tanto era el peso de aquellas dos palabras juntas, que superaban su realidad.
Pensó en la idea de las flores. ¡Qué oportunas para distraerlo todo! Romer supo que Canela se había dado cuenta de algo, o por lo menos intuyó que alguna cosa mala había pasado. Y efectivamente, así era.
Hace ta solo un momento, la noche más importante de su vida estuvo a punto de quebrarse. Una mujer había irrumpido en la celebración para arruinarlo todo. ¡No podía creer que lo hiciera! Una mujer que ambos conocían pero de forma obvia,
Canela era la que sostenía menor información sobre ella. ¡Así que las flores resultaban perfectas! Y en respuesta a la petición que ella exigía con sus ojos llorosos, el recién casado Romer Aragón, se abalanzó a su mujer con todas las ganas que guardaba desde que la vio con el vestido vuelto nada. Desde que Josué se la entregó en el altar; desde que la saboreó con completo placer antes de pedirle matrimonio y quizás, aquel abrazo en esa habitación de hotel, aquel ímpetu amoroso, aquel arrebato de pasión venía más fuerte y con más intensidad, que la primera vez que la vio cuando aún ella era tan joven, sin poder evitar hacerla suya.

Hacerla su vida, su boleto a la felicidad. Y a la vez, sin él saberlo tan certeramente, el pasaje para acercarse, a sus propios tormentos.



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4 comentarios:

  1. Muy buena Diana. Un tema mar acuchillada jeje. La parte de los cigarros me hizo recordarte no se porque jeje. Feliz día.

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  2. Respuestas
    1. Jajaja sí. Una historia muy autóctona. Gracias por leer y feliz día de San Valentín.

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